MANIFESTO. BIENVENIDAS.

Hablar hoy en día de cultura o de cómo se opera la cultura es hablar de una escala de grises, en la que oscila el consumo de comunidades y la proliferación de programación diseñada por agentes que velan por sí mismos o por su propio negocio. Viene a ser lo mismo.

Propongo un sencillo mapa para ordenar este mar de conceptos y relaciones (imagen 1). Si miramos la imagen, encontraremos en el centro a las personas, a los artistas y a los colectivos de la comunidad artística. A su derecha, las instituciones, quienes se encargan de velar por la cultura y por las personas, legislan para protegerlas y crean estructuras para las actuales y futuras generaciones. Y, a su izquierda, las marcas: la versión unipersonal de los sueños de una persona convertidos en una máquina de generar dinero; una empresa en el contexto del capitalismo.

Justo debajo de los círculos encontramos, gráficamente, la idea de que una persona no crea cultura; muchas personas pueden crear una comunidad y esa comunidad puede crear cultura. La cultura es el conjunto de conocimientos, creencias, arte, moral, leyes, costumbres y hábitos que adquiere el ser humano como miembro de una sociedad.

Es por eso que, bajo mi tesis, las marcas no pueden crear cultura. Pueden, como veremos en el siguiente caso, comportarse como instituciones. Las personas pueden acabar agrupándose y comportándose como instituciones (el caso de Esther Boix); del mismo modo, las marcas también pueden hacerlo y no solo consumir artistas y comunidades, sino velar por el sector y crear oportunidades donde el centro sea la persona y su componente artístico.

El otro día visité Espais VolART, de la Fundació Vila Casas, en Barcelona, donde se encuentra la exposición Un món en lluita, dedicada a Esther Boix. Esther Boix i Pons (Llers, Girona, 1927 – Anglès, Girona, 2014) fue una mujer comprometida con el arte, la cultura y la sociedad. Inició su trayectoria con una obra de marcado contenido social que derivó hacia una pintura potente, que reclamaba, en los últimos años de la dictadura, un mundo mejor, cargado de afectos, libertades y lucha. Así la presenta Bernat Puigdollers, comisario de la exposición.

De la exposición capturé estos títulos tan ilustrativos, que me guiaron por la vida de Esther. Como si de una película se tratase, fui viendo, a través de los textos y las obras que acompañaban cada etapa, la vida y el contexto de la autora. A continuación, algunos fragmentos traducidos junto con algunas de las obras que ilustrarán las ideas.

‘LA VEU DELS IGNORATS’

El recorrido empieza contándonos los inicios de Esther. Influenciada profundamente por José Gutiérrez Solana, su obra abarcaba una paleta oscura, historias duras y expresiones de tristeza, incomunicación y miseria. Esther se focalizaba en los márgenes, en las personas más humildes, y las dignificaba con su pintura. Afectada por la poliomielitis desde muy joven, se vio obligada a permanecer en casa. Ese hecho la condujo a una profunda introspección que más tarde veríamos reflejada en su obra.

‘UN RAIG DE LLUM EN LA TENEBRA’

En 1945, Esther ingresa en la Escuela de Bellas Artes. Recibe una enseñanza artística académica que reforzó su técnica, pero constreñía su libertad. A los artistas de su generación les costaba desaprender todo lo que habían aprendido.

Fue ahí donde estableció una estrecha relación con José María Subirachs, Mercè Vallverdú y Ricard Creus. Insatisfechos con la enseñanza recibida, empezaron a reunirse periódicamente para pintar, modelar, intercambiar pensamiento y debatir.

‘POSTECTURA: LA CONSTRUCCIÓ DEL DEMÀ’

En 1950, parte de aquel grupo que se reunía para hablar de cultura se agrupó artísticamente para mostrar su obra al público barcelonés. Eran tres pintores: Joaquim Datsira, Esther Boix y Ricard Creus; y tres escultores: Josep Martí Sabé, Francesc Torres Mansó y Josep María Subirachs, bajo el enigmático nombre de ‘Postectura’. Post: más allá; tectura (del tacto).

‘UNS NOUS ULLS PER A UN NOU MÓN’

En 1953, Esther viaja becada a París, pero el viaje decisivo llegó en 1957, cuando fue a Milán. Viajó junto a Ricard Creus, su marido. Llegaron con los ojos pequeños y oscuros de la posguerra y volvieron con una mirada nueva y luminosa. En Milán coincidieron con intelectuales y artistas y descubrieron una manera diferente de vivir. Un año más tarde, en 1958, nació su hijo Adrián y decidieron volver a casa porque querían que naciera en Catalunya.

‘ELS ANYS DURS’

En el contexto de la represión franquista, Esther Boix comienza a tomar conciencia política y abandona su papel de observadora para participar activamente en debates sociales y en la lucha clandestina. Se adhiere a los círculos de resistencia cultural catalanista y su obra deriva cada vez más hacia una fuerte carga política y conceptual.

‘UN MÓN EN LLUITA’

Después de una breve detención, Esther vive de primera mano la represión del franquismo. Desde entonces, su pintura girará en torno a una dimensión crítica explícita. Cada obra será casi un manifiesto. Se verá seducida por influencias del arte pop, frecuentemente ligadas a una cierta frivolidad. El conjunto de las obras que forman parte de esta etapa refleja una sociedad oscura y siniestra, pero a la vez vital y esperanzadora.

‘L’ARC: FONAMENT DE FUTUR’

Esther Boix pertenecía a una generación que quería cambiar el mundo. Reivindicaban un mundo más justo, libre y sensible. Buscaron transformar las nuevas generaciones, conscientes del poder transformador de las artes plásticas y de la importancia de la educación. De esta manera nació L’ARC, una escuela fundada en 1967 como centro de música, educación plástica y expresión oral por Maria Dolors Bonal, Pilar Anglada, Esther Boix y Ricard Creus.

Y, finalmente, en su última etapa pinta paisajes, alejándose de los humanos. Interioriza el paisaje y lo reinterpreta.

La historia de Esther me ha parecido, cuanto menos, esperanzadora. ¿Cuánto puede llegar a cambiar el mundo una sola persona con su lucha y esfuerzo? O, más interesante aún, la historia de Esther es la historia del movimiento, de la colectividad, de la agrupación. Rompe la idea del artista grandilocuente y solitario, demostrando cómo el intercambio enriqueció tanto a sus integrantes como a todo su ecosistema.

No soy quien para decir si son bonitas estéticamente o no, pero estas obras, pintadas por Mercè Vallverdú, donde se ve a Creus, Boix y Subirachs pintando, me parecen un reflejo precioso de cómo concebían el arte y a sí mismos.

Así que, con la historia de Esther Boix, doy pie a este nuevo espacio, donde espero observar y analizar todo aquello que conviva en la cultura contemporánea a través de los ojos de un joven, en Barcelona, en 2026.

Poco a poco iremos resolviendo y dando luz a las preguntas que se queden sin responder.

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